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   NOTAS DE OPINIÓn
 

La prosperidad de los pueblos está en razón de las verdades que conocen

Por Osvaldo R. Agatiello *

En Angola, posesión portuguesa durante casi 500 años, se refieren a las cuatro décadas de guerras de independencia, civiles e internacionales que acabaron en 2002 como “la época de la confusión”. Desde entonces, una política heterodoxa de alianzas y negociación ha convertido a Angola en el primer productor de petróleo del Africa, en el mayor proveedor de la China y, hasta hace poco, en el titular de la Organización de los Países Exportadores de Petróleo (OPEP). Para quienes han tenido la responsabilidad de transformar Angola en el país de mayor crecimiento económico del mundo, eso también quiere decir que otros confundidos de ayer siguen tan equivocados como siempre y por las mismas razones.

Somos muchos los argentinos que pensamos lo mismo acerca de nuestros propios confundidos de ayer y de hoy. Y creemos ser mayoría quienes preferimos la supremacía de la constitución, la forma republicana de gobierno, el régimen federal, la democracia liberal, la publicidad de los actos de gobierno y el control de los gobernantes. Entendemos que las innovaciones que disfrutamos como consecuencia de la operación del mercado libre se pagan con márgenes de inestabilidad pero también que de la crisis mundial actual, tanto en el orden nacional como en el internacional, se saldrá echando mano a fórmulas de derecho. Incluso más, que es la falta de respeto por el derecho en los últimos años de guerras y especulación en auge lo que alimentó el núcleo de la crisis.

Que no se debe insistir en las estatizaciones como soluciones permanentes pero también que es preciso promover un orden socioeconómico lo más equitativo posible. Porque creemos en la mejor tradición argentina de cumplir con nuestros compromisos, individuales y colectivos, sin recurrir a la violencia, la amenaza o el engaño. Las naciones constituyen una narración histórica y sus sociedades avanzan verdaderamente a través de la persuasión ética, no a fuer de ucases y manipulaciones innobles.

La oposición política argentina está preocupada por armar un frente electoral de alcance nacional para las elecciones del año próximo. Al partido de gobierno parece bastarle con desactivar cada crisis y reclamo así como  desarticular cada segmento de la oposición. Se trata de objetivos propios de comerciantes minoristas, no de estadistas comprometidos a impulsar un país de envergadura a un tercer Centenario de vida independiente, como es el estado de ánimo que se percibe en países ya proyectados al futuro, como el Brasil, Turquía y Sudáfrica, aunque cada cual cuente con sus propios problemas por resolver.

La Argentina fue una realidad cultural primero, tras dos siglos y medio de vida colonial; una realidad política después, a partir de las guerras contra los invasores portugueses primero e ingleses después, y una realidad económica en el mundo de la hegemonía británica recién a partir de la segunda mitad del siglo XIX. El programa de acción resumido en la Constitución de 1853 no podía ser más ambicioso: reducción del peligro indígena e integración territorial, mejoramiento de las comunicaciones, el transporte, los puertos y los caminos, introducción de cultivos y técnicas de mayor rendimiento, nuevas industrias y procesos de producción, educación universal y gratuita, ordenamiento y garantías jurídicas, fomento de la inmigración, tolerancia y diversidad de cultos. De la caída de Rosas a la orgullosa celebración del primer Centenario se constituyeron un estado moderno y una nación civilizada que agregaron valor al mundo, rindieron beneficios a los inversores y dieron sustento material y espiritual no sólo a los nativos sino también a millones de inmigrantes que huían de guerras, persecuciones y hambrunas.

El país de las vacas gordas pintaba bien durante la primera mitad del siglo XX no solamente porque contaba con recursos naturales formidables y una masa laboral cada vez más educada sino también porque le sobraban dirigentes comprometidos a encauzar el país y enfrentar los desafíos de la hora con confianza en sus habilidades. Ciertamente, hubo puntos de inflexión que podrían haber cambiado nuestra historia. Por ejemplo, si el electorado en 1946 hubiera decidido echarle la culpa de todo lo que andaba mal a los militares del GOU, como en 1983 lo hizo con los del Proceso, es más que probable que con aquellos también habría desaparecido el estigma del alineamiento con el Eje, muchas empresas internacionales habrían seguido las indicaciones de sus gobiernos vencedores de invertir capitales y tecnología en la Argentina, en vez de destinos alternativos, y la industrialización del país se habría afianzado por lo menos una década antes. 

Queda mucho por hacer, por repensar, por promover, por ajustar, por corregir, pero la sensación que se proyecta al visitante desprejuiciado hoy en día es que la Argentina no está embarcada en un derrotero de suicidio colectivo sino que, por el contrario, sobrecoge su fervor creativo. El siglo XXI nos exige nuevas definiciones de rumbo, desde la base de legitimación del poder al enfoque de la política externa a la articulación de nuevas metas colectivas. Por ejemplo, todavía no hemos podido acordar una moral media representativa del conjunto y una noción práctica de justicia para todos. Sin embargo, no nos faltan expertos nativos que puedan leer nuestros síntomas y prescribir soluciones idóneas. Para tener éxito se requiere suerte pero sin preparación y esfuerzo no hay suerte que valga. Claro que si el electorado no asume la responsabilidad por sus propias selecciones, es difícil echarle la culpa a la mala suerte.

Los problemas de la Argentina también son de management pero, en lo sustancial, se trata de cuestiones ontológicas, morales, que requieren acción decidida sí, pero resultado de mucho acuerdo en lo específico. En ese proceso, los responsables de la conducción del estado deben estar imbuidos de ardicia supererogatoria, como la de Churchill cuando el pueblo inglés soportaba bombardeos constantes durante la segunda guerra mundial o la de Lincoln mientras se acumulaban las bajas de la guerra con el sur en secesión.

Pero la principal responsabilidad reside en los intelectuales serios, cuya autoridad es imprescindible para poder interpretar las expresiones fragmentarias y ambiguas de la realidad actual y de la historia. La capacidad del intelectual de ver adonde otros no ven más que signos ininteligibles, comprender qué puede llegar a pasar, especialmente en momentos de gran crisis moral, y proyectar su mensaje deontológico a pesar del desorden de los intereses en pugna y de los mensajes equívocos de algunos comunicadores es también su gran misión redentora.

La Argentina ha comenzado muy mal el nuevo siglo y, como hace cien años, se enfrenta con decisiones sustanciales que no puede posponer. La Nación precisa recrear el vínculo de confianza entre el electorado y sus representantes. Es decir, las mayorías tendrán que aprender a depositar su fe en los dirigentes dignos y aptos que encuentren --en vez de los corruptos que las engañan de mala fe-- y esos dirigentes dignos deberán confiar en la sabiduría del pueblo mucho más de lo que lo han hecho hasta ahora, en vez de en expertos imprudentes. La moderación y la racionalidad deben campear en esa relación dialéctica para así refirmar, como proponía Hegel, que “cuando miramos el mundo racionalmente, el mundo a su vez nos devuelve racionalmente la mirada”.

La ciudadanía es consciente de que es preciso articular políticas de consenso amplio y largo aliento para cuestiones clave, como reordenar los sistemas de seguridad, salud, educación, justicia y administración económica, fijar las grandes líneas de la política exterior y afianzar un marco institucional para que gobernar no se reduzca a administrar urgencias. Todo eso y mucho más va a requerir acuerdos en lo fundamental que solamente se pueden sostener en el tiempo en un marco de legitimidad tolerable, conducción honesta y participación y control ciudadanos. Un ejemplo para el mundo de una política de estado que funciona impecablemente y sin estridencias es el acuerdo nuclear con el Brasil, con sus inspecciones mutuas y emprendimientos conjuntos, que asegura una pax democratica en la región desde los años 1970.

Por encima de todo, será necesario no volver a caer en la trampa de las soluciones mágicas --la tablita cambiaria, la convertibilidad, la transversalidad-- que, pretendiendo salvarnos de nosotros mismos, terminan por empujarnos al precipicio. Es la hora de los compromisos éticos y los liderazgos responsables que renueven nuestra determinación y definición de “quiénes somos cuando nos llamamos argentinos”, como proponía Sarmiento.

Tocqueville sostenía que “el primero de los deberes que se impone … a aquellos que dirigen la sociedad es el de darle instrucción a la democracia y, de ser posible, de reanimar sus creencias; de purificar sus costumbres; de sustituir, poco a poco, su inexperiencia por la ciencia de los asuntos de gobierno y sus instintos ciegos por el conocimiento de los verdaderos intereses; de adaptar el gobierno a las épocas y los lugares y de modificarlo en consideración a las circunstancias y los hombres”. Tocqueville inspiró el genio de Alberdi y ambos aprovecharon el legado de Montesquieu, especialmente cuando decía que “el gobierno es como todo lo demás, para que funcione hay que amarlo”.

* Profesor de Gobernanza y Economía Internacional en la Escuela de Diplomacia y Relaciones Internacionales de Ginebra. o.agatiello@genevadiplomacy.ch. La frase del título aparece en el decreto de 1822 del Protector del Perú, don José de San Martín, que crea las escuelas primarias gratuitas.

 
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