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   NOTAS DE OPINIÓn
 

La política, oficio de ricos

Por Fernando Iglesias

“Para hacer política en Argentina es necesario tener mucha plata”, sostienen los bien informados que dijo cierto abogado santacruceño allá por fines de los Setenta, y se dedicó inmediatamente a juntarla sin que le importara demasiado el cómo.  Tres décadas después, cursus honorum mediante (intendente, gobernador, presidente), esta variante nacional de la Vulgata maquiavélica del fin que justifica los medios se ha convertido en un maldición general y demostrado nuevamente sus consecuencias: cinco años de crecimiento a tasas chinas no han sido suficientes para que el número de pobres caiga sosteniblemente por debajo del treinta por ciento, ya que quien concentra poder basándose en las propiedades mágicas de una caja difícilmente es capaz de redistribuir la riqueza. Por una extraña coincidencia, el partido que se considera propietario monopólico de la justicia social en Argentina no sólo es responsable de estos escándalos sino que acaba de darnos los dos presidentes más ricos de su historia, Néstor y Cristina Kirchner. Y ahora, renovado por  sus ímpetus disidentes, prepara su sucesión con otro trío que se las trae en términos de riqueza: el de Felipe, Mauricio y Francisco.
¿Cuánto han influido los millones de Mauricio Macri en su acceso a la presidencia de Boca, primero, y al gobierno de la capital argentina, después? ¿Cuánto pesa en la actual popularidad de Francisco de Narváez los millones gastados en carteles que cubren media Provincia, los mensajes televisivos durante los partidos de la Selección y la propiedad de radios y canales de TV? ¿Ocuparían Francisco y Mauricio el mismo lugar que hoy ocupan en la política argentina si no hubieran sido beneficiados por lo que el mismísimo Warren Buffet ha llamado “la lotería del esperma”?
Aún más: ¿Bajo cuáles condiciones deben competir quienes respetan estrictamente los límites fijados por la ley frente al oficialismo K, que usa impunemente el dinero de los ciudadanos argentinos, acepta donaciones de traficantes de efedrina y recibe solidarios valijazos bolivarianos? ¿Y qué decir de los banqueros bolcheviques que empapelaron la Capital con afiches cuya financiación difícilmente resista un archivo, banqueros que son los primeros candidatos en la ciudad de Buenos Aires de un gobierno que abunda en proclamas anticapitalistas pero se olvida siempre de tasar las ganancias financieras? Finalmente, ¿qué alternativa a este sistema corrupto y clientelista de poder pueden representar quienes también se burlan de la ley metiendo mano al portafolio que les legaron sus multimillonarios padres? Lo ha dicho sin eufemismos Felipe Solá, el otro miembro de la trilogía del PJ disidente: “Acepté ser segundo en la lista porque es obvio que De Narváez tiene una fenomenal máquina electoral. Lo que a mí me cuesta mucho, para él es sencillo.”

Una república basada en la idea de igualdad presupone que todos los ciudadanos, también los ciudadanos ricos, tengan derecho a acceder a cargos públicos, ya que es falsa la pretensión populista de que sólo los pobres pueden representar los intereses de las mayorías. Pero algo completamente diferente sucede cuando la posesión de enormes sumas de dinero se torna una precondición del acceso a las principales candidaturas, lo que destruye la idea de República, institución que presupone la igualdad.
“La Nación Argentina no admite prerrogativas de sangre, ni de nacimiento: no hay en ella fueros personales ni títulos de nobleza. Todos sus habitantes son iguales ante la ley y admisibles en los empleos sin otra condición que la idoneidad. La igualdad es la base del impuesto y de las cargas públicas”, reza el artículo 16º de la Constitución Nacional. Desgraciadamente para todos los que aún creemos en ella, la política argentina se ha tornado un oficio de ricos en un país que es, vaya coincidencia, cada día más pobre.

Fernando A. Iglesias
Diputado nacional de la Coalición Cívica


 
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